sexta-feira, 23 de agosto de 2013

El Mercosur en tensión

Por Leandro Morgenfeld
www.marcha.org.ar 
El Mercosur transitó múltiples crisis y etapas desde su puesta en marcha. Instrumentado como parte de una inserción internacional neoliberal, fue luego un instrumento para resistir al ALCA. Hoy se enfrenta a diversos desafíos: suspensión de Paraguay, pujas comerciales, acuerdo de libre comercio con la Unión Europea y presión de la Alianza del Pacífico.
Tras dos décadas de existencia, y múltiples idas y vueltas, el Mercado Común del Sur (Mercosur) está en un momento clave. Muestra un nuevo impulso -sumó a Venezuela; Bolivia y Ecuador quieren convertirse en miembros plenos; cuestionó el espionaje de Estados Unidos-, pero a la vez persisten las debilitades -todavía no resolvió la reincorporación de Paraguay; Uruguay amenaza con aproximarse a Washington; se mantienen las diferencias comerciales entre Argentina y Brasil y las posturas divergentes respecto al postergado acuerdo de libre comercio con la Unión Europea-. Siendo el mayor proyecto de asociación económica de la región -en tanto la UNASUR y la CELAC son más bien instancias de articulación política-, no termina de resolver sus contradicciones históricas y se ve amenazado por las fuerzas centrífugas que siempre dificultaron su profundización y ampliación. 
Su origen se remonta a los años posdictatoriales. Desde la aproximación entre el presidente argentino Alfonsín y el brasileño Sarney, se reflotaron los viejos anhelos sudamericanos de integración y se firmó, en noviembre de 1985, la “Declaración de Iguazú”, que sería la piedra fundamental del Mercosur. Luego se avanzó a través de distintos acuerdos hasta que, en 1991, los mandatarios de Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay firmaron el Tratado de Asunción.

A pesar de su potencialidad, varios fueron los obstáculos que impidieron la profundización de la integración vía MERCOSUR: la vulnerabilidad externa de Brasil y Argentina (ambas naciones fuertemente endeudadas y sometidas a constantes incursiones por parte de los fondos especulativos volátiles), las disputas comerciales (en distintos rubros como automotores, “línea blanca”, textiles, arroz, etc.), la política exterior impulsada por el gobierno de Menem, que dejaba en segundo lugar la integración latinoamericana, y una concepción estrechamente comercialista y al servicio de las multinacionales, sin una perspectiva siquiera más amplia del desarrollo en el mediano y largo plazo. Implantado en la década del ´90, cuando predominaba el Consenso de Washington, se enmarcó en el “realismo periférico” y el “regionalismo abierto” y fue presa de las concepciones neoliberales imperantes.

La teoría que sustentó el Mercosur fue de carácter estrictamente comercialista, como mero trampolín para la apertura de una economía exodirigida -focalizada en la producción de commodities para el mercado externo-, en función de los intereses de las fracciones más concentradas de las burguesías locales que abandonaron el viejo modelo de sustitución de importaciones.

Aún en el nuevo contexto latinoamericano del siglo XXI, el Mercosur no logró cambiar las bases sobre las que se construyó, ni superar los límites y debilidades iniciales, por lo cual permanentemente se ve sometido a crisis entre sus socios mayores, y también a amenazas de sus socios menores de abandonar el bloque.

Esta realidad muestra las dificultades para establecer un “Mercosur social”, promovido por algunas organizaciones populares que entienden que ese bloque puede constituirse en una plataforma para revertir las políticas neoliberales de las últimas décadas.

Pese a haber incorporado nuevos actores a través del Foro Consultivo Económico y Social (FCES) y la Comisión Parlamentaria Conjunta (CPC) -antecedente del actual Parlamento del Mercosur-, este bloque no tiene legitimidad social y su desarrollo no implicaría una mejora de las condiciones para avanzar en políticas anti-imperialistas, y mucho menos anti-capitalistas. Ni el relanzamiento que plantearon Lula y Kirchner en 2003, tras firmar el "Consenso de Buenos Aires", ni la reciente integración de Venezuela -que sólo pudo materializarse a partir de la suspensión de Paraguay, cuyo Senado se oponía-, significaron una reversión clara de las tendencias descritas.

El proceso del Mercosur muestra las limitaciones de una concepción de la integración exclusivamente comercialista y al servicio de los capitales más concentrados de la región. Tampoco logró atemperar las profundas asimetrías entre sus países miembros. Sin embargo, fue una herramienta para derrotar el proyecto del ALCA y, con la incorporación de Venezuela en 2012, podría tener un rol distinto en la región. Tuvo una posición contundente al suspender a Paraguay, tras el golpe parlamentario que destituyó a Lugo, y operó en los hechos como un freno a las tendencias de ciertos sectores que en Paraguay y Uruguay alentaban un Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos.

El proceso de asociación vía Mercosur debe enfrentar no sólo las presiones balcanizadoras de las potencias (Estados Unidos alienta los TLC bilaterales y también la Alianza del Pacífico), sino también las posiciones aperturistas de parte de las clases dominantes locales.
En Brasil, por ejemplo, la caída del superávit comercial en 2013 llevó a los sectores liberales a insistir en la idea de abandonar la asociación con Argentina y negociar en soledad un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea. Tabaré Vázquez, precandidato a la presidencia del Frente Amplio uruguayo, volvió a manifestarse recientemente a favor de un acercamiento a Washington. El nuevo gobierno colorado en Paraguay incluso puso en duda si va a reincorporarse al bloque y pretendió imponerle condiciones (en la reciente cumbre de Montevideo pretendió que Venezuela no asumiera la presidencia del bloque).

En los últimos años, el Mercosur se vio jalonado por diversas crisis. Para superarlas, es preciso reconfigurar la lógica anterior en la que prima una visión de la integración limitada a los acuerdos comerciales (que tambalean cada vez que se produce un desbalance sectorial) y orientada por las multinacionales instaladas en la región. Argentina debería sentarse a coordinar con su poderoso vecino políticas económicas, que incluyan incentivos a la producción local y establezcan un horizonte de desarrollo más amplio, y no limitar las negociaciones y las discusiones bilaterales a las disputas por “heladeras, zapatos y lavarropas”.

Enfrentar las tendencias a establecer acuerdos en función de los intereses de los capitales más concentrados de las grandes potencias requiere desplegar una estrategia que tenga como norte la consolidación de una unión latinoamericana que exceda los acuerdos meramente comerciales y los proyectos enarbolados por las burguesías locales. La CELAC y el ALBA -impulsada no sólo por los gobiernos bolivarianos sino por movimientos sociales de toda la región-, aún con un desarrollo incipiente y con tensiones internas, podrían ser un ámbito adecuado para avanzar en una integración más amplia que la contenida en el Mercosur.

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